sábado, 21 de marzo de 2026







 

NIEBLA


Todo está cubierto de niebla. Avanzamos despacio y sólo vemos niebla. Niebla por todos lados. Kilómetros y kilómetros entre la niebla. Horas y horas conduciendo por la niebla. La autopista sube. De repente llega un túnel. Lo atravesamos con alivio, esperanzados. Pero luego nada, sólo más niebla. Niebla y niebla. Una niebla tan espesa que nos se ve nada más allá del arcén. La autopista sigue subiendo. Reducimos aún más la velocidad. Otro túnel. Tan repentino como el primero. Vemos el túnel, pero no la montaña. Debe ser alta. Calculamos su altura por la longitud del túnel. Es un túnel largo. En curva. No sé ve la salida, que aparece de pronto. Y más niebla. Niebla por todos lados. Luego otro túnel. Y no hace falta saber más. No hay esperanza. La niebla nos espera al otro lado. Lo sabemos. Pese a todo nos distraen las luces amarillas. Los carteles de precaución. Eso funciona. Alguien se encarga de que funcionen. La autopista está casi vacía. Es muy pronto para el tráfico. O muy tarde. Ya ni lo sabemos. Hemos perdido la noción del tiempo. ¿Qué toca ahora, cenar o almorzar? ¿Habrá algún área de servicio cerca? ¿Algún hotel? ¿Alguna ciudad?


(...)


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martes, 20 de enero de 2026








VIDAS ROTAS, HISTORIAS DE MIEDO.


La violencia contra las mujeres ha existido siempre. Puede ser una violencia directa, individual, física, o puede ser una violencia social, difusa, sin golpes físicos pero capaz de causar un daño igual de terrible, o mucho peor aún. Hay muchas historias que podrían ser anónimas, historias personales sacadas de la fosa común de las historias cotidianas de cualquier época, pero que sin embargo nos han llegado, casi de casualidad, impresas en el papel, atrapadas en un olvido imposible de la literatura o los estudios académicos. Son historias terroríficas, porque la indefensión de la mujer es absoluta, porque, como en una novela de terror, vas viendo como la oscuridad y la fatalidad se cierne contra la víctima, sin que nadie haga nada, al contrario: con la complicidad de todos. Y cuando llega el final, no por esperado menos cruel, te quedas con una sensación horrible, porque intuyes que eso continua pasando, y que tal vez continua pasando muy cerca de ti. La violencia contra las mujeres ha existido siempre. Y la violencia contra las minorías, o contra los que son diferentes. Y esa violencia es más terrible porque es más cotidiana. ¿Quieres ver una historia de auténtico terror? Pues no tienes que ir al cine. A veces basta con leer unas memorias, o ver un cuadro y preguntarse quién es la modelo. O, por supuesto, leer un periódico.


Empezaré por dos párrafos de un libro escrito por un inglés muy culto e inteligente. Un inglés que, después de la Primera Guerra Mundial se vino a España, a las Alpujarras y allí vivió unos años que le sirvieron para escribir un libro estupendo: “Al sur de Granada”. Ese libro no tiene desperdicio. No es una novela. Cuenta lo que vivió y lo que vio. Pero ahora voy a retroceder un poco en el tiempo, en el periodo que va entre el fin de la guerra y su viaje a España, y también un poco antes, cuando estaba en plena guerra y como oficial en el frente francés, conoció tanto la muerte diaria de las trincheras como la vida de los franceses que vivían muy cerca de los combates. Esa vida se cruzaba con la vida de los soldados de permiso y esos soldados de permiso, como él mismo, muchas veces buscaban una mujer.


Pero vamos ya a las citas…


1/

Pasé la mayor parte de aquel verano en Edgeword, con mis padres, y llegado a este punto tengo que relatar un episodio estúpido y carente de sentido. Justo antes del estallido de la guerra, la sobrina de la señora MacMeekan, nuestra vecina, se vino a vivir con ella. Era una joven medioitaliana, medioalemana, hija de un funcionario de la administración egipcia (…) Hasta ahora sólo había conocido a jóvenes damas: ella fue la primera chica moderna que pasó ante mis ojos. 


Solía verme con ella cuando estaba de permiso y, una tarde, mientras la acompañaba a casa por el valle después de la cena, la besé, nos tendimos bajo los árboles e hicimos el amor. No era su primera experiencia sexual, porque había habido un hombre en El Cairo, pero se enamoró de mí, mientras que a mí cada vez que la veía me gustaba menos. (…) En parte por falta de algo mejor que hacer, solía escabullirme de la casa a media noche y encontrarme con ella en los bosques. (…) Al final, para ver si si podía ponerme celoso, inició una aventura con un joven belga que, después de mi partida a España, la puso en camino de tener un niño. Cuando fue imposible ocultar aquello la enviaron a Berlín, de vuelta con su padre. Allí se hizo adicta a las drogas, y pocos años después, se suicidó.


Debería sentir remordimientos por mi papel en esta historia deprimente y, sin embargo, jamás los he sentido. Había llegado a detestar a aquella chica porque sentía como intentaba atraparme y yo estaba resuelto a mantener mi vida libre de compromiso. Mi aventura con ella fue en realidad una consecuencia de la falta de vida y sentimientos profundos que la guerra había dejado tras de sí. Despejar aquello llevó más tiempo del que uno habría supuesto.


2/

La casa  pertenecía al panadero (y recadero) del pueblo y él y su mujer tenían una hija única, que tendría quizá unos quince años. Allí estaba, descalza y sin nada encima más que un corto camisón de algodón abundantemente cubierto de harina porque era ella quien amasaba el pan. Sus largos cabellos rubios caían sueltos sobre sus hombros y su rostro y sus brazos desnudos también estaban salpicados de harina. A cada movimiento que hacía su camisón mostraba sus pechitos y su delgada figura. 


Me sentí inmediatamente atraído por aquella encantadora muchacha, pero aunque fui a menudo a su casa y le traje pequeños regalos no puede sacarle una palabra. Estaba petrificada por la timidez. Su madre que trabajaba en una fábrica de Amiens, me alentaba pícaramente, le levantó el camisón para mostrarme sus muslos, le pellizcaba los senos e incluso, una vez, me empujó con ella juguetonamente hasta el dormitorio. Pero todo fue inútil. Ni siquiera me sonreía. Al final, sintiendo que mi presencia la irritaba, dejé de pasar por allí.                                                                   


(Gerald Brenan, Una vida propia)




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domingo, 4 de enero de 2026

 








MIS ANTEPASADOS



El primer antepasado del que tenemos noticias era un jefecillo íbero que pacto con los romanos. Tuvo que cambiar su religión, su lengua y sus costumbres, pero siguió siendo el jefe del poblado, que se convirtió en una prospera ciudad romana. Llegaron tiempos malos y mis antepasados lucharon con Pompeyo, con Cesar y con Augusto, pasando de bando cuando tocaba y salvando su pellejo, su dinero y su poder. Por fin llegó la Paz del Imperio y vinieron años buenos. La República había durado unos cuantos siglos, pero venían nuevos tiempos y la nostalgia no es buena. Y eso también vale para el fin del imperio, que le dio a mi familia varios siglos de alegría y negocios, pero que acabó porque se quedó viejo y ya no servía. Tocaba empezar otra cosa y lo que vino, el Feudalismo, tampoco fue tan malo. No, de hecho, aunque empezó un poco movido, al final hay que reconocer que fue mejor incluso que el Imperio Romano. Sí, es verdad que llegaron los musulmanes y tocó cambiar otra vez de religión, de lengua y de costumbres, pero el cambio mereció la pena. Así, mis antepasados sirvieron al Califa tan bien como habían servido a los reyes visigodos o a los emperadores romanos. Y luego llegaron los cristianos con sus cruzadas y la cosa se puso fea, pero mis antepasados comprendieron que era momento de saltar a otro barco, y dejar hundirse el viejo barco sin ninguna nostalgia, que la nostalgia nunca es buena. Con los Reyes Católicos empezó otra buena época. Pero todo lo bueno acaba en algún momento, llegó el final del Absolutismo y las cosas se volvieron a poner feas. Pero mis antepasados habían aprendido muy bien de sus antepasados y sabían que tocaba saltar otra vez a un barco nuevo, que les llevó por un mar agitado hasta las tranquilas aguas del siglo XX. Y así tenemos a mi abuelo, alcalde, senador, diputado. Y tenemos a mi padre, alcalde, senador, diputado. Y así me tocará a mí pronto, aunque dicen que este sistema ya no funciona y hay que volver al viejo Imperio (o a los Imperios mejor dicho, porque los imperios, como todo el mundo sabe, son uno y son muchos a la vez), pero sin nostalgia, que la nostalgia es mala, ya lo he dicho antes. 











jueves, 4 de diciembre de 2025

 


LOVE IS IN THE AIR




Amor, sexo, mentiras y muerte. En eso se puede resumir la vida de una persona. Búsqueda del amor, búsqueda del sexo, escapar de las mentiras, usar las mentiras, sobrevivir a las mentiras, sobrevivir con mentiras. Tener miedo de la muerte, intentar escapar de la muerte, usar el amor contra la muerte (un acto tan desesperado como inútil), usar el sexo contra la muerte (un acto tan desesperado como inútil), usar la mentira contra la muerte…

Amor, para dar un sentido a lo que no tiene sentido, que decía Umbral. Sexo, para ser parte de un grupo, para ser parte del grupo de los ganadores, de los que consiguen a la chica, de los que más ligan, de los que más éxito social tienen… O eso parece… El sexo como consecuencia del amor, el amor que sale, extrañamente, del sexo. ¿O solo sexo? ¿O amor sin sexo? ¿Y de qué amor hablamos…? ¿Y cómo de limpio puede ser el sexo, o cómo de sucio puede ser el amor?  Amor a tu pareja, amor a tus hijos. Amor a la humanidad entera. Amor que no es otra forma de odio. Odio del amor no correspondido. Odio del amor que no puede vencer la mentira.  Amor que crece sobre el odio. Amor que nos salva del odio que sentimos sobre nosotros, dentro de nosotros.

Todo se vende en la calle. Nuestro cuerpo se vende en las aceras. Cada día muchos ojos nos miran. Nos juzgan. Nos ponen precio. La vanidad, el poder, el placer, la humillación. Todo está en las paredes. Todo está en los escaparates. Todo se vende y se compra. O se tira o se guarda en los más profundo de nuestra vergüenza. El sexo es el cebo y nosotros picamos. Picamos y luego queremos escapar, pero ya no es posible. Seremos parte de un lote de productos que se sortearán en la rifa de la felicidad. Seremos las botellas vacías del final de la fiesta.

Mentiras, en nuestra vida diaria, en el trabajo, en la familia, en la amistad incluso. Mentiras para hacer nuestra vida más habitable, mentiras delante de nuestro espejo, mentiras que no queremos reconocer que son mentiras, pero que usamos cada mañana y cada noche. Mentiras para escapar de la soledad. Mentiras para encender una hoguera que nos caliente en la larga noche. Cuando los besos no bastan. Cuando los sueños duelen. Cuando el pasado es una herida que no para de sangrar.

Y la muerte siempre. La muerte que pasa a nuestro lado y nos toca la espalda con suavidad, para que nos demos la vuelta y no veamos nada, porque la muerte ha pasado ya de largo, pero nos avisa, nos va avisando, nos va dejando una inquietud constante, un miedo que no podemos tapar con nada. Un miedo que nos hace tirarnos desesperadamente a las aguas frías de la vida, y dejarnos arrastrar por la corriente de los días. Huyendo, buscando, amando, mintiendo…














































































El amor está en el aire, canta alguien en la radio. Conozco la canción, no recuerdo el nombre del cantante. Voy conduciendo. Justo ahora entro en las primeras calles de la ciudad, de mi ciudad. El amor está en el aire. ¿Pero qué amor? ¿Y qué trae ese amor con él? ¿Solo amor y nada más que amor? Un semáforo en rojo no da mucho tiempo para pensar... Hay tráfico. Estoy cansado. Quiero llegar a casa. 



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jueves, 28 de agosto de 2025

 










 El día que no fui a Ribadeo


Alguna vez tenía que volver a pasar. Aunque aquí por lo menos me subí al tren, no como en San Sebastián, donde ni siquiera llegué a subirme. Pero este pequeño atenuante no me sirve: me subí al tren, tenía mi billete de ida y vuelta de Oviedo a Ribadeo, pero me bajé en Pravia, al rato de empezar el viaje. Así de simple. El tren se paró para esperar a otro. Se paró demasiado tiempo (unos minutos), y yo me bajé. Y hablé con el jefe de estación, para preguntarle cuando salía otro tren que me llevara de vuelta a Oviedo. Pero faltaba más de una hora. Resultó que venía un tren (el que estábamos esperando) en dirección a Gijón. Este tren pasaba por Avilés. Yo nunca he estado en Avilés. Desde allí se podía tomar otro hasta Oviedo. No me lo pensé dos veces. Mejor eso que estar más de una hora esperando un tren que me llevara de vuelta por el mismo sitio (aunque como la mañana avanzaba, ya no tendríamos esa niebla persistente que habíamos tenido nada más salir de Oviedo a las siete de la mañana). El jefe de estación, muy amable, me sacó él mismo el billete en la máquina (a mí las maquinas no me gustan nada, pienso que tienen una inteligencia diabólica en algún lugar de su interior, y que van a hacer todo lo posible para estropearse y dejarme sin billete, o sin cambio, o sin los diez euros que he metido, o todo a la vez). Pero el jefe de estación sabía cómo llevarse bien con esa máquina, porque me dio el billete al momento. Y me subí al tren que iba a Gijón, aunque yo me iba a bajar en Avilés, o eso tenía pensado…


(...)


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sábado, 15 de marzo de 2025

 








MEMORIA DEL BALCÓN...


¿Cinco años ya? Entonces, esos días oscuros, escribí este poema... Que luego se publicó en mi libro "Poemas rotos". El tiempo pasa y algunas cosas no mejoran mientras otras empeoran. Y nos dicen que eso es la vida. Supongo que será verdad... Os dejo el poema. Un poema. Solo eso. A mí me sirvió. Me ayudo. Un poco. Como cada poema de los que escribo. Una pequeña ayuda. Eso, a veces, es mucho.




MEMORIA DEL BALCÓN

(poema escrito la noche que murió Aute)



Ahora que Aute ha muerto.

Ahora que las calles callan y los balcones gritan.

Ahora que estás cerca y te siento lejos

y estar lejos es mirar todos los ríos que hemos cruzado.

Ahora que Aute ha muerto.

Ahora que mis vecinos son vecinos.

Ahora que los vecinos no son enemigos

porque los enemigos no tienen caras 

que sonríen y gritan y cantan 

y hacen

todo el ruido que pueden

para tapar el horrible silencio de las calles.

Ahora que Aute ha muerto.

Ahora que miro a mi vecino.

Ahora que ya no puedo desconfiar de las sombras 

con las que me cruzo

porque yo soy otra sombra con el mismo miedo 

en el bolsillo

y el mismo dolor invisible

en los ojos..

Ahora que Aute ha muerto.

Ahora que ya no caminamos por las sendas 

cantando Al Alba

porque las sendas se cubrieron de zarzas 

y el fuego derribó 

los recuerdos

de días oscuros bajo el sol brillante.

Ahora que la gente muere y todos sabemos 

que la fila es muy larga 

y a todos nos han dado 

un número marcado.

Ahora que la gente se mete en la cama 

y tiene miedo al teléfono

y el silencio de la noche 

es un silencio lleno de gritos enterrados.

Ahora que Aute ha muerto.

Y los chavales ya no van de campamento a la sierra,

ni cantan Al alba mientras vuelven al albergue.

Ahora que cada noche hunde más la cama.

Y el silencio de la mañana no ofrece ningún refugio 

para las farolas huérfanas

porque las farolas ya han aprendido 

que el hombre es frágil y desmemoriado.

Ahora que Aute ha muerto.

Y ha muerto tanta gente.

Tanta gente que ayer aplaudían en tu balcón, 

tanta gente con la que ayer aplaudías 

desde su balcón.

Sí, todo será borrado por la lluvia.

Sí, todo será borrado por la luz

de los soles muertos de los veranos sin cristal.

Y sí, todo será finalmente borrado 

por la noche blanca del hospital.

Pero los balcones gritan y yo tengo miedo

porque un día dejarán de gritar y volverá el ruido

el ruido muerto de una ciudad sin alma

porque el alma habrá emigrado como los pájaros 

al llegar el invierno.

Habrá emigrado a un pasado que las calles ruidosas 

no podrán encontrar.

Ahora que Aute ha muerto.

Hoy que tanta gente ha muerto.

Ahora quiero cantar con la noche, 

con el coro de las ventanas encendidas,

con el compás de los árboles lentos,

porque tengo miedo de la mañana, tengo miedo 

del ruido de la calle,

del ruido que volverá a taparlo todo

y nos dejará sin la memoria del balcón.